Toyota se está preparando para enviar vehículos selectos fabricados en Estados Unidos –incluida la camioneta Tundra, el sedán Camry y el SUV Kluger (Highlander en Estados Unidos)– a Japón a partir de 2026. Esta medida se produce después de repetidos llamamientos del expresidente estadounidense Donald Trump para que se aumenten las exportaciones de automóviles estadounidenses a Japón, y sigue a las recientes negociaciones comerciales entre los dos países.
Producción estadounidense, demanda japonesa
Los vehículos procederán de las instalaciones de fabricación de Toyota en Texas (Tundra) e Indiana (Camry, Kluger). En particular, la Tundra actualmente se produce exclusivamente con volante a la izquierda, pero Japón permite vehículos LHD en sus carreteras, lo que significa que no es necesaria ninguna conversión previa a la exportación. Esto simplifica la logística y evita costes adicionales.
La decisión de exportar desde EE.UU. parece ser una respuesta directa a la presión de la administración Trump, que anteriormente impuso aranceles a las importaciones de vehículos japoneses y exigió públicamente una mayor reciprocidad en el comercio automotriz. El fabricante de automóviles plantea esto como una forma de “satisfacer las diversas necesidades de una amplia gama de clientes” y al mismo tiempo mejorar las relaciones comerciales entre Japón y Estados Unidos.
Impacto en Australia
El anuncio no tiene implicaciones inmediatas para el mercado australiano. Toyota Australia seguirá adquiriendo el Camry en Japón, y el Kluger vendido localmente seguirá adquiriéndose en la planta estadounidense. La Tundra, que actualmente Walkinshaw Automotive convierte al volante a la derecha en Australia, seguirá siendo suministrada a través de acuerdos existentes.
Contexto más amplio
Este cambio refleja una tendencia más amplia de maniobras geopolíticas dentro de la industria automotriz. Las disputas comerciales y las políticas proteccionistas han obligado a los fabricantes de automóviles a reevaluar las cadenas de suministro y las estrategias de distribución. La postura agresiva de la administración Trump en materia de comercio, incluidos los aranceles y la presión pública, influyó claramente en la decisión de Toyota.
La reciente inversión de 10 mil millones de dólares del fabricante de automóviles en sus operaciones estadounidenses, incluida una nueva planta de baterías en Carolina del Norte, indica aún más su compromiso de fortalecer su presencia en el mercado estadounidense. Esta medida no se trata simplemente de vender automóviles; se trata de navegar relaciones comerciales complejas y asegurar la estabilidad manufacturera a largo plazo.
La decisión de Toyota es un claro ejemplo de cómo la presión política puede moldear directamente la estrategia corporativa, particularmente en una industria globalmente interconectada como la de fabricación de automóviles.




























